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18.1.09

Crónicas.

Somos muy dados por estos lares a verbalizarlo todo. En esto, también, tal vez, tenemos algo de cretinos. Es curioso: nos dedicamos a dotar de magia a nuestras vidas a través de las palabras leídas o escritas… y sin embargo cuando suceden cosas mágicas, tendemos a racionalizarlas con palabras. Fer i desfer, faena de matalafer.

Hay matices sustanciales. Las crónicas, por ejemplo, debieran servir para dejar testimonio de un hecho notable. Testimonio y sobre todo materia para la transmisión del placer. Y con ello, para generar placer a quien la lea, si la empresa es exitosa. Y placer también para quien la escriba —y quien escribe suele ser más indulgente que quien lee—, para disfrutar recreando los lances que son objeto de la crónica, reconstruyéndolos con palabras. La crónica, que tanto nos gusta, no debiera sobrepasar ciertos límites. No debiera acotar lo que nuestros sentidos captaron, sino ampliarlo. No magnificarlo. Más bien llenarlo de puertas.

En estas cosas pensaba Forlati hoy domingo, en cómo preservar los grandes hitos sin llegar a deformarlos por culpa de la perenne tentación que siempre tenemos de intentar comprenderlo todo.

Ilustración: Edward Hopper. The Long Leg.

3.9.08

Salvem la crònica




Les andaba contando que en época de Alfons el Magnànim y de Melchor Miralles, su capellà, los portulanos (las cartas náuticas de aquel tiempo) identificaban el país a que pertenecía cada puerto pintando su enseña sobre él. Y, como no podía ser de otra forma, sobre Valéncia (o Dénia) los exquisitos maestros cartógrafos mallorquines o genoveses izaban artísticas Senyeras, algunas (si el cliente tenia la bojaca llarga) decoradas incluso con pan de oro. Senyeras y no banderas españolas como la que preside ahora el America's-F1 Port… y bla, bla, bla…

El Dietari del Capellà d'Alfons el Magnànim es la crónica cotidiana de la vida en el regne, fuente inagotable de riqueza documental e inspiración para historiadores y lletraferits. Hay más crónicas, impagables todas ellas, pero me viene ésta "com fesol a la cullera" porque quería referir el día que la ciutat amaneció con una invasión de golondrinas. El cronista, el tal Miralles, realiza una descripción exquisita del insólito episodio que sobresaltó a los ciudadanos: la crónica minuciosa de una curiosa (e irrelevante, más allá de la anécdota) alteración de la rutina.

Allá por el año 81 me inicié en uno de los vicios más inocuos que la vida me ha dispensado: guardaba una parte de jornal que mi padre me daba los domingos para comprar los lunes el Marca, leerlo a escondidas en un banquito de la Plaza de la Iglesia del Rosario, doblarlo, guardarlo cuidadosamente en la cartera y después marchar a clase, temeroso de que alguien descubriera aquella excentricidad, a mis 12 añitos. En el quiosco, antes de pagar el Marca y hasta que percibía que el amo fruncía la ceja, trataba de leer a hurtadillas también las crónicas de Hoja del Lunes.

Aquellas sensacionales crónicas provocaron que empezara a ver los partidos del Llevant escribiendo mentalmente la crónica del lunes, jugando a adivinar los titulares, la puntuación de los jugadores, las claves del partido e incluso la información rutinaria, como la asistencia de espectadores, las incidencias más banales, la valoración del minuto de silencio o la actuación arbitral. Grandes crónicas, inmensos cronistas para plasmar algo tan especial como el partido del domingo que, como las golondrinas, truncaban la monotonía de la semana. Porque lo reseñable era el partido del domingo, el fútbol era el hito en que se mecía la ilusión creciente de la semana y el cosquilleo estomacal a medida que llegaba el día de ir al estadio.

Pero señores, eso se acabó, vivimos la celebración de lo frugal, de la expectativa, de la especulación y el hecho entorno al cual se elabora toda esa hojarasca cotidiana, el partido del domingo, ha devenido un hecho cuasi anédotico y sin duda resultadista.

Dicen los que entienden que también comienza a suceder con el sexo de fin de semana, en que el ritual de seducción, la expectativa y la sensación de éxito han acabado por suplantar la sublimación del placer de compartirse y mezclarse entre las sábanas y olvidarse incluso de la propia individualidad, entre vapores y pechos. La vanidad de contar lo insustancial durante la semana (en la peluquería, ojeando el Elle y el Cosmopolitan, en el Suavitas o en la perfumería) a propios y extraños, frente al gustazo de disfrutar del momento, que deja de ser hito para sumar tres puntos en la clasificación. Resultadismo también.

De martes a sábado la prensa en el bar nos cuenta si éste futbolista mea sentado o de pie, si se ha hecho un piercing o pide un aumento de sueldo y un sinfín de declaraciones idénticas, que transitan desde el hastío al bostezo. Páginas y páginas de brossa para que después, el lunes, el día después del hito dominical, algunos partidos de 2ª división no merezcan ni una sóla línea de crónica (ni siquiera en los periódicos deportivos), más allá de la ficha técnica; y muchos de 1ª se ventilen con algunas frases huérfanas de cualquier ingenio.

La elevación a los altares del aburrimiento. La sublimación de la expectativa.

Salvem la crònica. También la de los buenos polvos.

¿Abrimos un blog colectivo destinado a tan noble empresa?

Unos versitos de Aretino para desempalagar:

Pietro Aretino. «Sonetos lujuriosos».

(Hombre): Follemos, vida mía, follemos ya
pues todos nacimos para follar,
y si tú el pene adoras, yo el coño amo, y el mundo
una mierda sin esto sería.

Y si post mortem follar se pudiera
diría: así follemos hasta morir,
pues tanto follaron Adán y Eva
que la muerte les pareció harto injusta.

(Mujer): Y es verdad, que si los muy tunantes
no hubiesen comido aquel fruto engañoso,
bien se hubieran saciado los amantes.

Más dejémonos de historias, y hasta el corazón
híncame el pene, y ahí reviente
el alma que vive y muere por él.

(Hombre): Y, si es posible, fuera
del coño no me dejes los testículos,
de todo placer gozado, testigos.

O en toscano:

Questo é pur un bel cazzo lungo e grosso.
Deh! se l'hai caro lasciamelo vedere
- Vogliam provare se potete tenere
questo cazzo in la potta, e me addosso.

- Come, s'io vo' provar? come, s'io posso?
Piuttosto questo che mangiare o bere!
- Ma s'io v'infrango poi, stando a giacere,
farovi mal. - Tu hai 'l pensier del Rosso (…)


FOTO Aretino.