Pero me gusta tener la casa bien provista de botellas. Sin embargo soy un hombre desprendido. Llega alguien y le ofrezco lo mejor de la bodega. Me invitan a una fiesta y acudo con botellas de alta alcurnia. Y por eso a menudo me encuentro con que no tengo nada que ofrecer y no me había dado cuenta… porque ya les he dicho que no bebo entre semana. Y el fin de semana lo hago —beber, vaya; va por Morena y Marpop, tan amigas de estos guiños— fuera.
A veces tenemos que hacernos jugarretas a nosotros mismos. Pasa cuando sabes cómo eres y sabes que no puedes evitarlo. Entonces es práctico llenar tu vida de pequeñas trampas que te hacen las cosas más fáciles. Por ejemplo: compras una botella de Ginebra Sherinton de Jerez de la Frontera, a 5 euros en Mercadona, y sabes que si un día —como hoy— te entra el capricho, tienes la botella. Porque no te atreverías a sacársela —la botella, me parto la caja— a ningún amigo y tampoco a llevarla a ninguna fiesta. Porque hace tiempo que no viene a casa ni vas a la de nadie que no puedas llamar amigo. Y ofrecer una botella de Sherinton es una broma de mal gusto. Miren si no a Anglesola, que se presentó este agosto en la mansión Forlati con una botellita de Santa Teresa, super-reserva XXXL. Así son las personas que se visten por los pies. Y no los que van sirviendo copas de Sherinton. Ponerse trampas a sí mismo creo que es un síntoma de madurez. No está mal tener algunos de estos síntomas, a mi edad.
Y aquí estamos el sr. Sherinton (con tónica Hacendado y limones del Badulaque) y servidor dispuestos a hablarles de otro excelente borrachinet: el sr. Richard Ford.
La última vez que hablé de Richard Ford fue a una chica —llamémosle Zeta, pero es más guapa que Zeta Jones—. Fue en la inauguración de la librería de un amigo, de quien no diré el nombre porque le pitan los oídos si lo escriben en Internet —el más gran blogófobo que he conocido—. A Zeta la había conocido en una noche díscola y efímera —más de lo que yo hubiese deseado— en que dejé vencer mi voluntad para sobrepasar mis límites noctámbulos. La culpable de ello fue Regina, otro bellezón, felizmente casada y una conversadora encomiable. Con Regina y con Zeta me aventuré hasta la librería y en el coche les hablé de todos ustedes, mis queridos cretinos, y de lo que nos llevamos entre manos. Con la discreción que recomienda nuestra omertà. Lo cual es complicado, porque al personal en general le sonamos a secta y no me gusta extenderme en explicaciones que lo desmientan.
— ¿Y dejáis entrar chicas o es un clan masculino? — Sólo goomers.

Yo estaba prendado de los ojos de Zeta, a través del retrovisor central, desde el asiento de atrás, feliz de tan grata compañía. Y casi que hablaba, como un ventrílocuo, para que me mirara por el espejo. Y pensat i fet me ví explicándole, con un vaso de cava en la mano, frente a una de las estanterías, las grandezas de la obra de Richard Ford, mientras observábamos los lomos de los Compactos de Anagrama y nos mirábamos de reojo.
¿Cómo explicar a alguien que no conoce de nada a Richard Ford que te has visto completamente atrapado por una trilogía de 1.500 páginas? No crean que es sencillo reconvertirse en un apologista de semejante odisea. O te buscas una combinación de palabras rápida y contundente o corres el riesgo de perder esa mirada y que te digan:
— Muy interesante. Tengo que irme a casa, que mañana trabajo muy pronto.
Así que resumí a Ford de la siguiente manera: es un escritor con el ritmo y la crudeza de la narrativa norteamericana heredera de Bukowski, Fante, Capote o Fitzgerald, pero al mismo tiempo es un auténtico filósofo del amor y las relaciones humanas. Un maestro. Son 1500 páginas pero se leen sin darse cuenta uno.
Pese a la concisión y la puntería, el resultado fue el que ya imaginan:
— Muy interesante. Tengo que irme a casa, que mañana trabajo muy pronto.
Iba a hablarles del libro que cierra la trilogía y que terminé hace un par de noches, pero esto se me ha hecho demasiado largo. Lo dejaré para mañana.