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11.1.09

Richard Ford (I)

[…] És dir: tot pacte sempre té en alguna banda una porta de darrere, i per allà pot entrar una corrent d'aire. Totes les promeses d'estar sempre enamorat i de "ser-te sempre fidel" tenen per premissa la contingència de ferro (improbable o no) que diu: Llevat de que, està clar, m'enamore "per sempre" d'algun atre. Encara que no ens agrade, és cert, i açò vol dir que no és de cínics pensar-ho, pero també que es probable que algun atre —algú a qui volem i que preferiríem que no ho sabera— ho sàpia tan be com nosatres. Reconéixer tot açò és acostar-se a l'intimitat absoluta fins al llímit que ens és soportable […]

Acció de Gràcies.
Richard Ford. Pg. 278.

[…] Les nostre exdones sempre amaguen secrets sobre nosatres que les fan irresistibles. Fins que, està clar, recordem qui som i qué vàrem fer i perque ya no estem casats. Pg. 305.

El patiment no vol companyia. Només vol que s'acabe. Pg. 347.

9.1.09

Richard Ford, la previa.

Acabo de prepararme una gotà de Ginebra Sherinton. Nunca bebo entre semana. Alcohol quiero decir. Bebo agua y té. Si no me lían para el jueves, quiero decir. Y si tenemos en cuenta que el viernes noche ya es prácticamente sábado. Con esos atenuantes, nunca bebo entre semana.

Pero me gusta tener la casa bien provista de botellas. Sin embargo soy un hombre desprendido. Llega alguien y le ofrezco lo mejor de la bodega. Me invitan a una fiesta y acudo con botellas de alta alcurnia. Y por eso a menudo me encuentro con que no tengo nada que ofrecer y no me había dado cuenta… porque ya les he dicho que no bebo entre semana. Y el fin de semana lo hago —beber, vaya; va por Morena y Marpop, tan amigas de estos guiños— fuera.

A veces tenemos que hacernos jugarretas a nosotros mismos. Pasa cuando sabes cómo eres y sabes que no puedes evitarlo. Entonces es práctico llenar tu vida de pequeñas trampas que te hacen las cosas más fáciles. Por ejemplo: compras una botella de Ginebra Sherinton de Jerez de la Frontera, a 5 euros en Mercadona, y sabes que si un día —como hoy— te entra el capricho, tienes la botella. Porque no te atreverías a sacársela —la botella, me parto la caja— a ningún amigo y tampoco a llevarla a ninguna fiesta. Porque hace tiempo que no viene a casa ni vas a la de nadie que no puedas llamar amigo. Y ofrecer una botella de Sherinton es una broma de mal gusto. Miren si no a Anglesola, que se presentó este agosto en la mansión Forlati con una botellita de Santa Teresa, super-reserva XXXL. Así son las personas que se visten por los pies. Y no los que van sirviendo copas de Sherinton. Ponerse trampas a sí mismo creo que es un síntoma de madurez. No está mal tener algunos de estos síntomas, a mi edad.

Y aquí estamos el sr. Sherinton (con tónica Hacendado y limones del Badulaque) y servidor dispuestos a hablarles de otro excelente borrachinet: el sr. Richard Ford.

La última vez que hablé de Richard Ford fue a una chica —llamémosle Zeta, pero es más guapa que Zeta Jones—. Fue en la inauguración de la librería de un amigo, de quien no diré el nombre porque le pitan los oídos si lo escriben en Internet —el más gran blogófobo que he conocido—. A Zeta la había conocido en una noche díscola y efímera —más de lo que yo hubiese deseado— en que dejé vencer mi voluntad para sobrepasar mis límites noctámbulos. La culpable de ello fue Regina, otro bellezón, felizmente casada y una conversadora encomiable. Con Regina y con Zeta me aventuré hasta la librería y en el coche les hablé de todos ustedes, mis queridos cretinos, y de lo que nos llevamos entre manos. Con la discreción que recomienda nuestra omertà. Lo cual es complicado, porque al personal en general le sonamos a secta y no me gusta extenderme en explicaciones que lo desmientan.

— ¿Y dejáis entrar chicas o es un clan masculino? — Sólo goomers.


Yo estaba prendado de los ojos de Zeta, a través del retrovisor central, desde el asiento de atrás, feliz de tan grata compañía. Y casi que hablaba, como un ventrílocuo, para que me mirara por el espejo. Y pensat i fet me ví explicándole, con un vaso de cava en la mano, frente a una de las estanterías, las grandezas de la obra de Richard Ford, mientras observábamos los lomos de los Compactos de Anagrama y nos mirábamos de reojo.

¿Cómo explicar a alguien que no conoce de nada a Richard Ford que te has visto completamente atrapado por una trilogía de 1.500 páginas? No crean que es sencillo reconvertirse en un apologista de semejante odisea. O te buscas una combinación de palabras rápida y contundente o corres el riesgo de perder esa mirada y que te digan:

— Muy interesante. Tengo que irme a casa, que mañana trabajo muy pronto.

Así que resumí a Ford de la siguiente manera: es un escritor con el ritmo y la crudeza de la narrativa norteamericana heredera de Bukowski, Fante, Capote o Fitzgerald, pero al mismo tiempo es un auténtico filósofo del amor y las relaciones humanas. Un maestro. Son 1500 páginas pero se leen sin darse cuenta uno.

Pese a la concisión y la puntería, el resultado fue el que ya imaginan:

— Muy interesante. Tengo que irme a casa, que mañana trabajo muy pronto.

Iba a hablarles del libro que cierra la trilogía y que terminé hace un par de noches, pero esto se me ha hecho demasiado largo. Lo dejaré para mañana.

25.11.08

Blue Sapphire



Australian Blonde. Chup, chup.

"Est és el prototip de chicon que forma les bandes jovenils en Haddam, fills de mares fadrines que tornen a quedar en hòmens, i de pares que treballen fins a tart, que apleguen a casa massa cansats per a preguntar-se ón deu estar Thad o Chad o Eli i van directes al congelador a buscar la botella de Blue Sapphire"
(pg. 196)

"(…) Els dits em comencen a tremolar. Ella alvança davant de mi per la penombra del passadís. Quasi puc tocar la part de darrere del seu abric negre. Sent la veu d'un chicon al fondo del llarc passadís. «Mira que eres soca», diu la veu, i en acabant riu: «He, he, he, he». Una atra pilota de bàsquet rebota i ressona damunt de la fusta. «Pam, pam, pam». Una porta s'obri i es tanca. La veu d'una chicona, més llaugera, més dolça, més alegre, diu: «Tu embrutes el nom de l'amor». I llavors se'ns escapa el moment". (pg. 187)

Richard Ford. Acció de Gràcies.

Allà vaig, en la recta final del tercer volum de la trilogia, un llibre assaonat, madur, carregat de llúcides reflexions sobre la vida que ya va passant. Frank Bascombe en té ara 55 i no abandona el desconcert. Les martingales que ha instrumentalisat per a sobreviure durant 17 anys carregat de pena i dessaó comencen a caure-li precisament ara. Magistral.

24.10.08

Frank Bascombe


Primera edición norteamericana de Independence Day, de Richard Ford (1995), novela con la que obtuvo los premios Pulitzer y Pen/Faulkner.

Hoy pretendía hablarse de la catadura moral del mundo en que vivimos. No como sería previsible, referida a los grandes temas ni a la política; sino a la catadura moral que subyace detrás de las pequeñas decisiones cotidianas de cierta gente que nos envuelve; cómo nuestro día a día se convulsiona ante actitudes regidas por valores morales bajo los cuales se oculta, sin duda, la perversa mano de la industria televisiva occidental, y si me apuran, de la cultural. Pero menudo ladrillito para un viernes tarde.

Prefiero dejarles con algunos fragmentos del amigo Richard Ford. Les desvelaré poca cosa de la novela porque deben ustedes inexcusablemente leerse (los que aún no lo hayan hecho) las tres que forman parte de la trilogía. Sólo les diré que tras devorar las dos primeras, Richard y Frank han pasado a formar parte de mi particular olimpo literario. Es un grande, una bestia al nivel de los que son lo más de lo más en la mesilla de noche de nuestras alcobas.

"Ahora nos podría ir mejor, o eso decidí anoche, pues ya no nos entendemos uno al otro, no tenemos nada que ofrecer ni arrebatar y, en consecuencia, nada que merezca la pena conservar o proteger. Es una especie de progreso" (pág. 514).

"Ahora estamos más separados que nunca, por lo que un beso no importa" (pág. 493).

"…y durante ese instante fugaz siento una felicidad inadecuada…" (pág. 484).

"Hay cosas idiotas que merece la pena hacer" (pág. 424).

"…y se acerca oliendo a tabaco y agua de colonia de manzana que se ha echado por si acaso yo pudiera ser el tipo que le pague el piso de marras."

"…no hay nada malo en las intenciones de altos vuelos, ni entonces ni ahora" (pág. 401).

"varios retratos de fundadores de la ciudad, con grandes patillas —sin duda tenderos todos, que se vistieron para parecer candidatos a la presidencia" (pág. 400).

"¿Te apetecería que fuéramos a uno de esos bares para que te invite a otra cerveza mientras yo tomo una ginebra y puede que un sandwich? Me llamo Frank Bascombe, a propósito" (pág. 397).

"Toca su paquete de Winston como si estuviera pensando en otra cosa" (pág. 397).

Bueno, bueno, me he puesto de atrás a delante a ofrecerles subyados y se me ha ido la mano, así que por pereza o por no cansarles más, les dejo con el último:

"—¿Me quieres? —digo yo, sin pensarlo.
— ¿Te gustaría?
— Claro que sí. Creo que sería estupendo.
— ¿No me encuentras demasiado tonta? Creo que soy muy tonta.
— ¡No! No creo que seas tonta. Creo que eres maravillosa.
Tengo el auricular, a fuerza de apretar, casi clavado en la oreja.
— Yo creo que soy tonta.
— A lo mejor por eso no me quieres". (pág. 388).

Uffff, Bascombe, quin personage! Sin duda, uno de los nuestros. Feliz viernes!

Richard Ford en Missoula, Montana, en 1983, a los 39 años, la misma edad a la que Frank Bascombe, su personaje y sospecho que alter ego, empieza a contar su vida en «El periodista deportivo». En 1995 saldría a la luz la segunda novela de la trilogía, «El día de la independencia» en la que Bascombe ya tiene 44 años. Hace nada salió a la luz «Acción de gracias», la tercera entrega, que yo empezaré a leer el domingo, si el tiempo acompaña.
Foto © Marion Ettlinger.

PS: Por cierto, me he dejado las 30 últimas páginas para encontrales un momento adecuado de clímax.

17.10.08

[El éxtasis]



(New Order. Crystal)

[El vacío]


"Pero la embriaguez (la mía) se desvanece, y en lugar de estar tumbado en la cama, esperando tembloroso, escucho distraídamente los ruidos de la playa; ha desaparecido ese estado que era el mío y que quisiera recuperar. Lo que queda sólo es un fantasma de su presencia, y me pregunto ansioso adónde se ha ido y si volverá alguna vez. El vacío, en otras palabras. ¿Quién demonios no se estremecería?
Posiblemente esta sea una versión más del «desaparecer en la propia vida», que también afecta, sin que ellos se den cuenta, a los importantes dirigentes de las empresas telefónicas, a los padres excesivamente abnegados y a los mayoristas de madera para la construcción. Se alcanza, simplemente un estado en el que todo parece igual y en el que nada te importa un pito. No hay pruebas de que estés muerto, pero te comportas como si lo estuvieras".

(pàg. 199)

[La reconciliación]

"Finalmente, después de una dilatada convalecencia durante la cual uno u otro habría tenido que volver a aprender algunas de las funciones humanas vitales básicas que hasta ahora se daban por supuestas (andar, respirar, mear), tendrían lugar determinadas conversaciones clave, se reconocerían determinados errores si no se habían reconocido ya en los momentos críticos, y se restablecerían determinades verdades cruciales, de modo que se forjaría una unión nueva y (esta vez) duradera."

(pàg. 136)

El dia de la independencia. Richard Ford. Compactos Anagrama. 568 pàgs.

[La agenda]

Dimecres 5 de Novembre.
Estadi Artemio Franchi. Florència.
Fiorentina-Bayern de Munich.


7.10.08

Invisible


"Walter hubiera dicho que no me he convertido ni en el que ve ni en el objeto visto, tan invisible como Claude Rains en la película, aunque sin enemigos a mis espaldas ni deudas que pagar. La verdad es que la invisibilidad no es tan mala. Todos tendríamos que intentar conocerla mejor y utilizarla en nuestro provecho como no supo hacer Claude Rains. […] Dios, que no nos deja permanecer invisibles mucho tiempo, ya que se reserva ese estado para sí.
Dios no ayuda a los que son invisible como él".

En los últimos años mi amigo Invisible (así firma sus comentarios y sí, es mi amigo, me cuido de no utilizar el término de forma frívola) ha enarbolado una de las teorías más sorprendentes que he oído jamás. Dice que se ha vuelto invisible, que su rostro y sus gestos hace años que dejaron de interesar al mundo que lo rodea y que ha llegado a un estadio en que directamente no le ven. Tampoco es que le importe demasiado —la mujer de su vida dice que todo esto son pantomimas, que en realidad todo se reduce a que es un insociable creciente—… excepto, claro, en sus más pérfidas fantasías. Por poner un ejemplo: su condición de invisible se le antojaría insufrible si un día se cruzara con Scarlett por la calle de la Estamañería Vieja y ella no lo mirara a los ojos.

La teoría no es que sea el descubrimiento de la penicilina (un acontecimiento histórico, por otra parte, que a mí me estropeo la dentadura y también me hizo un poco invisible en según que circustancias). La invisibilidad es un aspecto sobre el que se ha ironizado a menudo en el cine, en la literatura y por supuesto en la vida. De forma brillante, a menudo. La singularidad de la teoría de mi amigo estriba, a mi entender, en el tiempo que ha dedicado a desarrollarla con pelos y señales y en el denonado esfuerzo y entusiasmo que pone en hacerla entender. De hecho, ya le he dicho más de una vez que contar su teoría al primero con que se cruza hace tiempo que es su principal recurso para mostrarse ante los demás como alguien impepinablemente interesante y atractivo, que es lo que en realidad es (¿y qué voy a decir yo, que soy su amigo?).

Miren si no a Frank Bascombe. Que unas páginas después de hacer las reflexiones que encabezan este post se cepilló a Catherine Flaherty, una becaria de la revista en que trabaja, un bombón de 20 añitos que ni en sus mejores sueños. Y aún se queja porque el único compañero de trabajo que queda en la redacción a aquellas horas no ha reparado en que él se va a tomar un sándwich con la lolita. Y tiene el atrevimiento de acabar el capítulo diciendo, por ello, y rabioso por que no se haga pública y notoria su conquista:

"Nadie me ve".

Previamente al episodio con la Flaherty, Frank Bascombe ya había advertido a los lectores más avezados de lo que podía suceder (o al menos a los que entendemos de qué va esto de la invisibilidad), en un episodio desternillante en la estación de tren cuando exclama

"¡Soy inesperadamente visible!".

No en balde Frank Bascombe en El Periodista deportivo tiene la misma edad que nosotros ahora y (aunque la novela se publicó por primera vez en 1986 en NY) nunca sabremos si es por mimesis generacional o por mimesis con Richard Ford, que tenemos tantas cosas en común con el protagonista de su novela. Cosas en común en apariencia pequeñas e insubstanciales, pero que nos acompañan cada día. Por ejemplo me siento identificado en esta reflexión suya:

"Cuando me encuentro en lugares inhabituales, siempre necesito asociarlo todo, considerar qué fuerzas me han traído aquí, y me pregunto si esto es típico de lo que yo considero mi vida o si es sólo algo extraordinario por lo que no hay que preocuparse".

Y muchas más cositas así. Supongo q tampoco es casualidad que viva en New Jersey.

El periodista deportivo de Richard Ford, 396 páginas sin desperdicio. Yo voy de cabeza a por el segundo título de su trilogía: El día de la independencia (565 págs). Y después Acción de Gracias (736 págs). Me encanta acabar un libro como éste y saber que aún me quedan 1.300 páginas por delante que compartir con Frank Bascombe. Por cierto, si leen en inglés, no lo duden. La traducción castellana es floja, floja.