
El rato que dura una cena me aprovechó ayer para commoverme con una escena de El Mercader de Venecia, la genial adaptación cinematográfica de Michael Radford de una de tantas obras maestras de Shakespeare: Shylock (Al Pacino) movido por una codicia extrema que mueve su sed de venganza exige a Antonio (Jeremy Irons) el cumplimiento, siguiendo a pies juntillas la ley de Venecia, de una deuda singular: una libra de carne junto al corazón de Antonio.
Una joven travestida en doctor en leyes le da una lección monumental al judío y lo deja sin venganza y sin bienes, además de poner en entredicho sus principios morales.
Recordé la monumental manifestación del sábado en la ciutat de Valéncia contra Fontdemora y su particular concepción de la asignatura Educación para la Ciudadanía. No me explico cómo un Consell (acostumbrado a engarzar su ausencia de principios morales con la conveniencia política de cada coyuntura) ha ido tan lejos en una sinrazón como ésta. Sin duda no se trata exactamente de una cuestión de creencias morales: es la representación de una codicia y una sed de venganza extremas. Codicia para llevar hasta el paroxismo el "aquí mando yo"; y sed de venganza representada por el odio visceral hacia los colectivos de docentes y de padres de alumnos que no pululan en su órbita. Nada demasiado distinto a tantas otras actuaciones y actitudes de los que nos gobiernan.
Entre ellas la obsesión enfermiza de Rita Barberà hacia El Cabanyal, movida por los mismos principios: codicia y sed de venganza hacia los vecinos que le han impedido llevar a buen puerto su maléfico plan de destrucción del pueblo marinero.
En cualquier otra sociedad estos síntomas diagnosticarían el agotamiento de un modelo de gestión que lleva siendo demasiados años soberano, el estertor último de unos políticos funámbulistas que (como le pasó a Aznar a nivel estatal) empiezan a convencerse de que gobiernan por su virtudes ideológicas y no, como es el caso, como consecuencia de los defectos de sus oponentes.